Este es el cuaderno abierto de mis novelas: investigaciones, dudas, música, escenas descartadas y decisiones que transforman una historia antes de llegar al lector. Aquí comparto el recorrido íntimo de la escritura y los silencios donde comienza la ficción.
ESCRIBIR LOS SILENCIOS DE LA HISTORIA
16 de agosto de 2026
Nunca comienzo una novela preguntándome qué puedo inventar. Empiezo por aquello que ocurrió y por las huellas que dejó: documentos, testimonios, fechas, fotografías y contradicciones. Investigo hasta conocer los límites de lo comprobable.
Después aparece el silencio. No es un vacío que pueda llenarse de cualquier manera, sino un territorio que exige respeto. Allí entra la ficción: en una conversación que nadie registró, en la espera de un personaje, en el miedo que un informe oficial nunca supo nombrar.
No intento corregir la historia ni volverla más cómoda. Intento acercarme a las personas que quedaron atrapadas dentro de ella. La novela nace en la distancia entre lo que sabemos y aquello que nunca podremos demostrar.
«Nunca invento una historia. Solo escribo los silencios que la historia dejó de contar».
Comencé a escribir en los años setenta. No porque hubiera decidido convertirme en escritor —a esa edad uno todavía no decide casi nada—, sino porque necesitaba encontrar alguna forma de ordenar lo que ocurría dentro y fuera de mí.
Y en aquel comienzo hubo una persona a la que nunca olvidé: Elsa Castellanos, mi profesora de Literatura. Fue ella quien encendió el fuego. No me enseñó solamente a leer libros ni a reconocer autores; me enseñó a descubrir que detrás de cada palabra podía existir otro mundo.
Tal vez nunca llegó a saber hasta dónde alcanzaron sus enseñanzas. Los buenos maestros suelen ignorarlo: encienden una llama en alguien y continúan su camino, mientras esa luz permanece encendida durante toda una vida. Si hoy escribo, una parte de esta historia también le pertenece.
Leíamos Ficciones, de Borges, aunque muchas veces no estuviéramos seguros de haber entendido lo que acabábamos de leer. Después llegaba Rayuela, de Julio Cortázar, y nos invitaba a desarmar el mundo y volver a construirlo en otro orden. Saltábamos capítulos y creíamos que también podíamos saltarnos las reglas de la vida.
Íbamos a los café-concert, escuchábamos recitales de rock y discutíamos durante horas alrededor de una mesa. Camus nos hablaba del absurdo y nosotros asentíamos con esa convicción absoluta que solo se tiene cuando todavía se es muy joven.
También estaban Descartes, Foucault y tantos otros nombres que repetíamos como si en ellos se encontrara una explicación definitiva. Hoy vuelvo a leer algunas de aquellas ideas y las discuto. Me pregunto si todo era realmente como creíamos. Supongo que crecer también consiste en atreverse a cuestionar a quienes alguna vez consideramos incuestionables.
Pero aquellos no eran tiempos sencillos.
Entre el secundario y las primeras páginas escritas, convivíamos con palabras demasiado grandes para nuestra edad: guerrilla, revolución, represión, exilio, miedo. Palabras que entraban en las conversaciones, se sentaban a la mesa y, algunas veces, dejaban una silla vacía. Éramos jóvenes intentando comprender un país que tampoco parecía comprenderse a sí mismo.
Y escribíamos.
Escribíamos poemas que hoy seguramente me darían un poco de vergüenza. Relatos demasiado solemnes. Frases cargadas de certezas que el tiempo se encargó de desmentir. Pero escribíamos porque la escritura era una forma de tomar aire. Una manera de apartarse por un instante del ruido y observarlo desde otro lugar.
No existían las redes sociales ni los teléfonos que ahora llevamos en el bolsillo. Una página podía acompañarnos durante días. Un libro pasaba de mano en mano, se subrayaba, se discutía y regresaba distinto. También nosotros regresábamos distintos después de leerlo.
Han pasado más de cincuenta años desde entonces. Cambiaron los libros, las ideas y, por supuesto, cambió aquel muchacho. Ya no tengo sus certezas. Conservo, en cambio, sus preguntas.
Quizá por eso continúo escribiendo.
No para explicar el mundo, porque a esta altura sé que el mundo rara vez acepta una explicación. Escribo para acercarme a sus silencios, para conversar con quienes ya no están y para encontrar, detrás de los grandes acontecimientos, a una persona común tratando de comprender qué le está sucediendo.
Aquel joven de los años setenta no sabía que sería escritor. Solamente abría un cuaderno y comenzaba a llenar una página.
Ahora que lo pienso, tal vez un escritor no empiece cuando publica su primer libro.
Tal vez empiece la primera vez que descubre que hay cosas que solo puede decir escribiendo.
Darío Etxêgo
23 de agosto de 2026